miércoles, 1 de abril de 2009

Para leer y reflexionar con uno mismo



El truco
Eladia Blázquez
Si hubiese que buscar la equivalencia, entre el juego de naipes y nuestra natural condición de porteños, yo diría que el símil es el truco.
El dominio de este juego se adquiere, en buena medida, manejando la astucia.
No hay porteño que no ostente su titulejo de “piola", o por lo menos, que no ensaye todos los días un poco, para llegar a ser un aventajado aprendiz de artimañas.
En síntesis... somos buenos jugadores de truco, por el hábito de la treta y el ardid que ejercitamos diariamente.
En este juego si no se “ligan” las cartas, no importa. No hace falta el “deschave”. La viveza, consiste en aparentar mucho más de lo que se tiene. (Igual que hacemos nosotros en la vida diaria: aparentar que tenemos el as de espada, cuando en realidad es una sota...)
En el truco se “versea” mucho. El verso es el condimento. (El verso, en nuestra jerga, es una manera de hablar sin decir nada; también se le llama “sanata”. Sobre todo es una forma de disfrazar las mentiras con palabras lindas, que se parecen mucho a la verdad.)
Y para no desmentir nuestra raigambre payadora, se improvisan cuartetas muy floridas... (Los porteños somos campeones de la improvisación...) En cuanto a las dotes “payadoras”, no solamente son indispensables para el “truquero”, sino para todo aquel que aspire a un cargo público.
La fanfarronería tampoco está ausente de este juego de naipes con perfiles porteños. Aparece de pronto, como un golpe de audacia y nos hace cantar envido con cuatro. Pero donde más se destaca nuestra índole, poniendo de manifiesto ese transfundo filosófico, que al fin de cuenta tenemos... (¡Qué embromar...!) Es cuando con un gesto de perdonavidas, de saberlo todo, ¡como estar de vuelta...! Colocamos las cartas en el mazo y nos vamos. Con juego. No sin antes, mirar al contrincante sobradoramente.
Pero en el truco, como en la vida no todo puede ser mentira, ni la mentira tiene largo trecho... llega el momento del ¡sí, quiero....! Y el retruco.
Y hay que cantar la “justa”
Entonces no hay argucias que nos salve
Hay que mostrar las cartas, compañero.


Extraído del libro de eladia Blázquez, Buenos Aires Cotidiana, Buenos Aires, Editorial Fraterna, 1983

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